Historia

El Camino de Nuestra Historia o la construcción de una metodología de trabajo

La identidad tiene su propia fuerza

En 1978 los jóvenes de distintos sectores poblacionales comenzaron a reunirse, motivados por la necesidad de crear espacios propios donde pudieran expresar lo que el medio les obligaba a callar.

Ese mismo año nos reunimos con los dirigentes de la Coordinadora de Cesantes de la Zona Oriente de Santiago, y elaboramos un proyecto de trabajo que respondiera a las necesidades de estos jóvenes. Eramos un grupo pequeño que decidimos hacer una experiencia tentativa, orientada a apoyar la acción de estos gérmenes del movimiento popular que se iba reanimando y como la acogida fue muy buena, el trabajo realizado fue dando vida a nuestro Taller de Acción Cultural.

Al principio creamos cuatro talleres: Teatro, Folklore, Literatura y Plástica, que se desarrollaron a partir de grupos de jóvenes que asumieron la actividad en lugares diferentes. El TAC apoyó su actividad con monitores que tenían experiencia y conocimientos en cada área específica.

En esos años habíamos sido testigos del significado que había tenido la creación artística para los familiares de Detenidos Desaparecidos, los cesantes y los Presos Políticos (arpilleras, tallados en hueso y metal…); por eso pensábamos que esta podía ser un medio para rescatar el lenguaje, la expresión y la dignidad, que habían sido tan brutalmente aplastadas.

En la primera etapa del trabajo descubrimos que la dictadura había logrado un alto nivel de atomización entre los jóvenes pobladores y que esto creaba las condiciones para introducir valores y formas de vida que fueran funcionales al sistema que ella pretendía imponer. Esto nos llevó a concluir que la formación de un equipo exigía superar el individualismo, la competencia y otros comportamientos internalizados, que obstáculizaban el trabajo colectivo.

Nuestra propuesta apuntó a canalizar la necesidad de expresión y comunicación de los jóvenes, en la creación de obras de teatro y canciones que constituyeron su primer logro. El resultado alcanzado fue decisivo para mejorar su auto-imagen, modificar sus actitudes y, por supuesto, los ayudó a cohesionar sus talleres.

La creación de una obra exigía, previamente, investigar el tema que iban a tratar. En este proceso se les planteaban una serie de interrogantes que los llevaban a reflexionar tanto sobre sus necesidades reales como sobre el origen de sus problemas, y las respuestas que iban encontrando superaban el tema de la obra.

El mensaje propuesto en una de las obras que crearon les hizo ver la necesidad de establecer un método de trabajo más coherente. Es decir, que si en su obra mostraban el valor de la participación, era necesario que ésta tuviera la misma relevancia en su equipo y en su método de trabajo.

Así, los Talleres fueron modificando sus formas de funcionamiento al romper con las jerarquizaciones innecesarias, al internalizar la participación en la toma de decisiones y al construir un sistema de trabajo colectivo. De este modo, los conocimientos técnicos pasaron a ser las herramientas utilizadas por los jóvenes para mostrar, a través de una obra de teatro o una canción, ese mundo que iban descubriendo.

Simultáneamente, estas creaciones los incentivaron para organizar peñas y actos culturales que se constituyeron en un punto de encuentro para los pobladores.

El método de trabajo implementado generó una dinámica de reflexión sobre su práctica y, al cabo de un tiempo, los jóvenes comenzaron a comparar su quehacer, con el de otros artistas populares que ellos conocían, concluyendo finalmente que tenían un rol como Trabajadores Culturales, porque sus actividades se orientaban al desarrollo de una identidad propia en la población, y esto les exigía una mayor inserción en la comunidad. De este modo establecieron la diferencia entre su quehacer y el de los artistas populares conocidos en los medios de comunicación, a los que caracterizaron como “artistas estrellas”.

Llamaron “ENGRANAJE” a su grupo de Teatro, porque era un equipo que funcionaba sólo con la participación de todos, tal como su nombre lo decía.

Gracias a esta inserción más profunda, en el año 1979 los talleres fueron descubriendo las contradicciones que vivían las familias de la población. Observaron los efectos del modelo cultural dominante al introducir necesidades que estaban fuera de su alcance: como el televisor a color, los equipos modulares, los jeans Lee o camisas Wrangler, que debían comprar a crédito y pagando muy caro… Todo esto se facilitaba porque muchos trabajadores paleaban su cesantía como vendedores ambulantes y desarrollaban su actividad comercial principalmente en las poblaciones.

Los efectos de este sistema eran graves, pues los trabajadores (en muchos casos sus propios padres), dejaban de ir a la huelga porque esto les significaba “arriesgar la pega” y perder el artículo comprado. En sus investigaciones los jóvenes también descubrieron que había industrias donde los patrones invitaban a los vendedores a venir a la fábrica, unos meses antes de la negociación colectiva. Así los obreros se endeudaban y los patrones negociaban en mejores condiciones.

Los jóvenes tomaron conciencia de que habían internalizado estos comportamientos y necesidades sin darse cuenta de que se los imponían, en beneficios de intereses contrarios a los suyos. Se despertó en ellos el interés por promover una toma de conciencia masiva, y en 1979 crearon la COORDINADORA CULTURAL JUVENIL en la Zona Oriente. A través de ella querían desarrollar una Acción Cultural más consistente, que generará nuevas prácticas y luchara contra la alienación que el sistema introducía al imponer valores, modelos y comportamientos que les impedían ver la realidad en que vivían.

En el trabajo con los talleres optamos por tomar como punto de partida las expresiones de identidad del grupo (objetivos o formas de organización, trabajo, etc.), para desarrollar conocimientos que, de acuerdo a sus intereses, les permitieran avanzar en la construcción de nuevas “formas de vida”.
Ampliamos la perspectiva del trabajo cultural.

En 1980 nos dimos cuenta de que al centrar el trabajo en el sector juvenil, producíamos una distorsión porque los separábamos del mundo de los adultos. Entonces, decidimos buscar un nivel de inserción más global en la población y, para ello, elaboramos con los jovenes, un diagnóstico que nos permitiera conocer de manera más precisa el sector en que trabajábamos.

La experiencia mostró que entre las organizaciones sociales había una desarticulación total y que esto, además de debilitarlas, les impedía encontrar soluciones que revirtieran la situación. El diagnóstico también mostró que las organizaciones desarrollaban una acción fundamentalmente asistencial que no promovía un cambio de comportamiento, ni generaba un crecimiento entre sus integrantes.

Los jóvenes, asumiendo el rol de trabajadores culturales que se habían dado, pusieron sus medios (teatro y música) al servicio de la articulación y reforzamiento de las organizaciones de la población. Para ello impulsaron una coordinación poblacional y a partir de ella realizaron actividades artísticas de difusión y formación en aspectos de salud, como prevención, campañas de erradicación de la sarna, y muchos otros.

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